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sábado, 4 de junio de 2011

La fragua de Vulcano - Diego Velázquez

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Arte - por Pilar Alonso




1630, óleo sobre lienzo, 223 x 290 cm, Museo del Prado (Madrid)
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Ese que ven a la izquierda con aspecto angelical es en realidad un chivato de mucho cuidado. Y el de poblado bigote que se lo mira con cara de pocos amigos representa a Vulcano (Hefesto en la mitología griega). El chivato, que no es otro que el dios Apolo, le está contando al herrero, delante de sus empleados (los Cíclopes), que su adorada esposa Venus está liada con Marte, dios de la guerra.

Para que la situación resulte aún más humillante, parece ser que la armadura que están forjando es precisamente para Marte, que digo yo si después de esto a Vulcano no se le pasó por la cabeza hacerla de papel de aluminio.

Vulcano, dios del fuego y la metalurgia, fue arrojado del Olimpo por haber nacido deforme y, al caer a la Tierra, se rompió además una pierna. Pese a su cojera y a su escasa belleza, se casó con Venus, la más hermosa de las diosas. Al parecer fue Júpiter quien le concedió su mano como recompensa por la edificación del palacio en el Olimpo.

De sus manos salieron los rayos de Júpiter, el tridente de Nepturno o el carro solar de Apolo, que ya vemos supo devolverle el favor, amén de escudos y armaduras para todos los héroes de la mitología. Y fabricó para su mujer las joyas más exquisitas, entre ellas un cinturón que al parecer la hacía aún más irresistible.

Tras conocer la infidelidad de Venus, Vulcano tejió una red casi invisible para atrapar a los amantes hasta que accedieran a dejar de verse, una red de la lograron finalmente evadirse.

El episodio en el que Vulcano conoce el adulterio de su mujer es el que Velázquez representó en esta pintura. En ella dotó a los dioses de apariencia humana, hombres musculosos y sudados trabajando el metal a grandes temperaturas. Así, la escena se nos antoja próxima, cotidiana, una visión muy distinta de los pintores italianos, que tendían a idealizar a sus personajes.

El cuadro, pintado en 1630 durante su primer viaje a Italia, perteneció a la colección privada de Felipe IV y sucesores hasta 1819, año en el que fue trasladado al Museo del Prado, donde hoy se puede visitar.


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martes, 5 de octubre de 2010

El príncipe de los ahorcados

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Apuntes - por Pilar Alonso.


Así fue como apodó la prensa de la época a George Maledon (1830-1911), el verdugo oficial del juez Parker en Fort Smith, estado de Arkansas. Durante los veintidós años que permaneció en el cargo, ahorcó a más de sesenta reos y se vio obligado a disparar a otros cinco que trataban de huir.

En ocasiones procedía a ejecuciones múltiples, la mayor de las cuales se produjo el 3 de septiembre de 1875, día en el que iban a ser colgados seis hombres – tres blancos, dos nativos americanos y un negro-. Y como el morbo no tiene ni edad ni nacionalidad, el acontecimiento se convirtió en todo un espectáculo, con periodistas venidos desde St. Louis o Kansas City y más de cinco mil personas asistiendo en directo a la ejecución. Y es que, no en vano, al juez Parker se le conocía como “el juez de la horca” por la gran cantidad de condenas a muerte de sus juicios.

En 1894 Maledon se retiró del servicio y abrió una tienda en Fort Smith. Y poco después sucedía una tragedia. Su hija de dieciocho años, Annie, fue asesinada por Frank Carver que, aunque fue condenado a muerte por el juez Parker, apeló y consiguió cambiar la sentencia por cadena perpetua.

Fue tal el disgusto de George Maledon que abandonó Fort Smith y pasó el resto de su vida interpretando un show al que asistieron cientos de personas. En ellos hablaba de su trabajo y mostraba reliquias de sus ahorcamientos: sogas, piezas de los patíbulos y fotografías de sus víctimas.

George Maledon fue el verdugo que más reos ejecutó en toda la historia de los Estados Unidos.
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domingo, 20 de junio de 2010

El hombre de la nariz de oro

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Apuntes - por Pilar Alonso


Cuando las estrellas aún no tenían nombre y en la hoguera ardían quienes afirmaban que la Tierra no era el centro del Universo, vivía en el Norte, en la fría Dinamarca, el que sería conocido como el príncipe de los astrónomos: Tycho Brahe (1546-1601).

Y no vivía de cualquier modo, que el rey Federico II de Dinamarca y Noruega le había hecho construir dos observatorios y un laboratorio para que pudiera estudiar las estrellas a su antojo. A falta de telescopio, Tycho Brahe diseñó instrumentos para poder observar y medir más de mil estrellas con bastante precisión.

A la muerte de Federico II otro no menos poderoso reclamó los servicios del astrónomo: el emperador Rodolfo II. Y a Praga se marchó Tycho Brahe, donde le habían hecho construir otro observatorio para que continuara explorando los cielos. Allí se le unió un discípulo, Johannes Kepler, que terminaría heredando todos sus trabajos sobre astronomía, trabajos que le ayudarían a elaborar las “leyes de Kepler” sobre el movimiento de los planetas.

Y como no hay personaje que carezca de anecdotario o de leyenda, Tycho Brahe no iba a ser una excepción. Cuentan que a los 20 años, en diciembre de 1566, discutió en una fiesta con Manderup Parsberg, otro matemático. Y no por causa de una mujer, sino por cuestiones de números y de egos. Tres días más tarde se enfrentaban en un duelo en el que Tycho perdería la nariz.

A pesar de que, imagino, casi siempre caminaba con la vista clavada en el cielo, para no perderse ningún fenómeno estelar, no disponer de apéndice nasal podía representar un problema cada vez que bajara la cabeza. Como recursos no le faltaban, se hizo fabricar una nariz de oro, plata, y seguramente cobre, que llevaba siempre puesta, pegada a la cara con una especie de pasta o pegamento, y cuya apariencia, según cuentan, resultaba bastante natural.

Eso sí, no he conseguido averiguar cómo se las apañaba con los resfriados o la primavera. Espero que no fuera alérgico al polen.
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lunes, 26 de abril de 2010

La Guerra de las Naranjas

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Apuntes - por Pilar Alonso





No, no se trató de una batalla a golpe de cítricos lo que dio nombre a este breve enfrentamiento entre España-Francia y Portugal, allá por 1801. Se la llamó así porque Manuel Godoy, el primer Generalísimo que parió este país, envió la rama de un naranjo a su supuesta amante, la reina María Luisa, cuando los españoles llegaron a los jardines de la ciudad de Elvas, en cuyo castillo se habían refugiado los portugueses.

Y es que, en su eterno enfrentamiento contra los ingleses, Napoleón había firmado con España el Tratado de Madrid en 1801, en el que ésta se comprometía a atacar a Portugal si continuaba apoyando a los británicos. Como Portugal debió reírse en las barbas de Godoy, el Ministro les declaró la guerra en febrero de 1801. Y como los portugueses no parecía que se hubiesen echado precisamente a temblar, en el mes de mayo Godoy se puso al frente de un ejército e invadió el país vecino, sin encontrar mucha resistencia por parte de los lusos, convencidos de que los españoles no tenían pretensiones territoriales.

Dieciocho días duró la guerra. Tiempo, digo yo, para que los portugueses se dieran cuenta de que la cosa iba en serio y se avinieran a firmar el Tratado de Badajoz, que establecía la nueva frontera de España en el Guadiana, y por el que Portugal cerraba sus puertos a los barcos ingleses.

Napoleón, que no había asomado ni la punta de un zapato por la frontera, tampoco se fue de vacío y, pese a no querer reconocer el Tratado, obtuvo parte de la Guayana, aunque no las islas de Trinidad y de Malta, que era lo que pretendía. Si a ello le añadimos que con el anterior acuerdo firmado con España se le había devuelto la Luisiana, y que había conseguido cabrear a los ingleses, no hizo mal negocio el gabacho.
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miércoles, 17 de marzo de 2010

Ed Gein. Cuando la realidad supera la ficción

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Apuntes - por Pilar Alonso


Las películas Psicosis, La matanza de Texas o El silencio de los corderos están parcialmente basadas en un personaje real: Edward Theodore Gein (1906-1984), cuyos crímenes conmocionaron a medio mundo. Y no porque fueran muchos, sólo se le reconocen dos asesinatos, sino por lo que fue encontrado en su casa.

Pongámonos en situación. Un pueblecito de Wisconsin, Plainfield, una granja apartada y una familia extraña. El padre, borracho y maltratador, la madre fanática religiosa y dos hijos que sufren a diario las palizas de uno y los sermones de la otra. Tras las muertes del padre y el hermano fallece por fin en 1945 Augusta, la madre, con lo que Ed Gein se queda solo, venerando el recuerdo de su progenitora. Considerado por los habitantes del pueblo como alguien trabajador aunque un poco excéntrico, realizaba chapucillas por el pueblo y en ocasiones cuidaba a los niños de otros.

Su primera víctima fue Mary Hogan, la dueña de una taberna, y la segunda Bernice Worden, que regentaba la ferretería del pueblo y a la que abatió de un disparo. Antes de morir, Bernice Worden había apuntado en su libro de contabilidad la última venta que había realizado, precisamente a Ed Gein, su verdugo. Y la policía se presentó en su casa.

Ahí se inicia la parte más asombrosa y truculenta de esta historia, porque allí fue descubierto el cuerpo colgado, decapitado y destripado de su última víctima. Pero también otras muchas cosas, que fueron las que al final lo convirtieron en un monstruo para el público.

Y esa percepción no tiene nada que ver con las ingentes cantidades de basura acumuladas en todos los rincones de la casa, sino en algunos de los muebles y utensilios que poseía Ed Gein. El hombre se había hecho pantallas de lámparas con piel humana, papeleras, fundas para cuchillos e incluso había tapizado una silla, tenía cráneos que utilizaba como cuencos para la sopa, un collar de labios humanos, un cinturón elaborado con pezones, máscaras que eran rostros auténticos y un chaleco con senos incluidos, hecho también de tiras de piel humana. Por la red circulan algunas fotografías bastante desagradables de muchos de estos hallazgos y existen dos películas sobre su vida.

Según su confesión, todos esos restos provenían de una serie de cadáveres (hasta nueve distintos) que había desenterrado en el cementerio local y llevado a su casa para curtir las pieles con las que confeccionar las prendas. Se desconoce por qué razón pasó de robar cuerpos a matar para conseguirlos.
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Al parecer estaba obsesionado con la idea del poder que las mujeres ejercían sobre los hombres y, ante la imposibilidad económica de hacerse una operación de cambio de sexo (estamos en los años cincuenta), Ed Gein optó por confeccionarse un traje de mujer a medida, hecho con los restos de mujeres que, curiosamente, se parecían físicamente a su madre.

El caso conmocionó a la opinión pública y Plainfield se vio invadida por curiosos y periodistas de toda índole. Sus posesiones fueron subastadas: el coche acabó en un circo para que todo el mundo pudiera pagar para ver su interior y la casa fue incendiada. Él fue declarado incompetente y recluido en un sanatorio mental hasta su muerte, en 1984.

Supongo que ahora comprenderán las influencias del personaje en las tres películas citadas en el inicio: la madre dominante en Psicosis, el escenario macabro en La matanza de Texas y el asesino Buffalo Bill en El silencio de los corderos. No me digan que, con personajes como Ed Gein, la realidad no supera en ocasiones a la ficción.
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domingo, 24 de enero de 2010

Gertrude Bell, la reina del desierto

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Apuntes - por Pilar Alonso

“Cuando alguien entra tan a fondo en Oriente, no puede vivir lejos de él”.
Gertrude Bell

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Que muchas mujeres hayan dejado su particular impronta en la historia es algo que nadie puede cuestionar. Pero, aparte de un puñado de nombres más o menos sonados, muchas de ellas son unas absolutas desconocidas para la mayoría del público. Y Gertrude Bell figura en esa lista.

Nacida en 1868 en el seno de una familia británica de clase alta, esta aventurera viajó por gran parte de Oriente Medio, fue la primera mujer en licenciarse en Historia Moderna en Oxford, miembro de la administración colonial británica y condecorada con la Orden del Imperio Británico, escritora, arqueóloga, fotógrafa, traductora y politóloga, entre otras cosas.

Cuando otras jóvenes de su tiempo se concentraban en buscar marido, lo normal en aquella época, ella decidía ampliar sus horizontes y a los veintitrés años iniciaba su periplo en Teherán, donde aprendió persa y entró en contacto con el mundo oriental que tanto la había atraído desde su niñez. Y no paró desde ahí: Jerusalén, el valle del Jordán, Siria, Palestina, Mesopotamia (actual Irak), Turquía… en ocasiones por rutas desconocidas y sumamente peligrosas. Resulta curioso que, pese a su aparente actitud liberal respecto al papel de la mujer, no estaba dispuesta a renunciar a ninguna comodidad. Viajaba con gran número de animales de carga que transportaban no sólo mapas, libros, armas, prismáticos o cámaras, sino incluso una bañera, tiendas de campaña, camas y sillas plegables, porcelana fina, manteles de lino, cristalería, cubertería de plata, alfombras… además de vestidos elegantes, sombreros, corsés, artículos de tocador y todo lo necesario para vestirse con elegancia en pleno desierto y recibir así a sus invitados, los beduinos, y poder servirles el té en bandeja de plata como una auténtica dama victoriana.

Durante la Primera Guerra Mundial fue reclutada por el Gobierno Británico por su gran conocimiento de la región y parece que proporcionó valiosa información sobre ello a Lawrence de Arabia, y en 1921 fue la única mujer entre los cuarenta miembros que participaron en la Conferencia de El Cairo, donde Churchill reunió a los mayores expertos en Oriente Próximo para decidir el futuro de Mesopotamia, Cisjordania y Palestina.

Fue nombrada por el emir Faysal directora del Patrimonio Histórico y de la Biblioteca Salam de Bagdag y ayudó a la creación del Museo Nacional de Irak, saqueado en estos últimos años debido a la guerra, donde logró reunir una importante colección de objetos procedentes de las excavaciones de la antigua Mesopotamia.

Allí, en Bagdag, es donde pasó sus últimos años, hasta un día de julio de 1926 en el que decidió quitarse la vida. Tenía 58 años y más de 30.000 kilómetros recorridos por naciones cuyas fronteras contribuyó a forjar.
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viernes, 16 de octubre de 2009

Batallón Sagrado. Matar por amor

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Apuntes - por Pilar Alonso


Dicen que no hay fuerza más poderosa que el amor y ya hubo en la Antigua Grecia quien así supo entenderlo. La homosexualidad era entonces, allá por el siglo IV a.C., algo comúnmente aceptado. Y el comandante tebano Górgidas lo aprovechó para crear el que se conoce como Batallón Sagrado.

Tebas era una ciudad importante, la más grande de la región de Beocia. Y al igual que Atenas y Esparta, también disfrutó de su época de gloria, sobre todo en época de Epaminondas, un general y político del siglo IV a. C.

Górgidas, compañero de Epaminondas, fue quien tuvo la idea de crear un batallón formado por 150 parejas, cada una de las cuales estaba compuesta por un miembro de mayor edad (heniochoi- conductor) y uno más joven (paraibatai – compañero).

El modo de luchar de los griegos se basaba esencialmente en el uso de unidades de hoplitas, soldados con espada, lanza y escudo que formaban apretadas filas para enfrentarse al enemigo. Los lazos que se creaban entre ellos contribuían en gran medida a mantener la cohesión del grupo. Y Górgidas creía que si esos lazos resultaban especialmente intensos las posibilidades de éxito aumentaban. Ningún hombre dejaría morir a su amado ni realizaría ningún acto que pudiera resultar vergonzoso a sus ojos (como huir o mostrar cobardía). Luchaban espalda contra espalda, sin rendirse nunca, porque rendirse significaba también la muerte del hombre al que amaban y de ese modo o sobrevivían ambos o morían ambos en la batalla.

Los miembros del Batallón eran escogidos entre los mejores, y formaban una élite que en tiempos de paz actuaba como guardia personal y en tiempos de guerra componía la vanguardia del ejército. Antes de entrar a formar parte de él juraban ante la tumba de Iolao, soldado tebano por quien Heracles había sentido una gran pasión, vencer o morir juntos en la batalla.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió en Queronea, en el 338 a. C., cuando debieron enfrentarse a las tropas de Filipo II de Macedonia y su hijo Alejandro Magno, que pretendían invadir Grecia. Rodeados por las tropas de Alejandro, el Batallón Sagrado se defendió hasta la muerte y juntos cayeron, abrazados, en el campo de batalla.

Tras la victoria, Filipo II, que había pertenecido a ese Batallón en su juventud cuando fue llevado como rehén a Tebas, permitió que sus cuerpos fueran enterrados juntos y que los tebanos levantaran un monumento en su honor: el “León de Queronea”.
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domingo, 20 de septiembre de 2009

El funeral de Shelley - Louis Edouard Fournier

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Arte - por Pilar Alonso
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1889, Óleo sobre lienzo, 129,5 x 213,4cm, Walker Art Gallery, Liverpool, Inglaterra

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Ese hombre que aparece en la pira funeraria es, según indica el título del cuadro, Percy Bysshe Shelley (1792-1822), poeta y ensayista británico, amigo de Byron y Keats, y esposo de Mary Shelley, la autora de Frankenstein.

Shelley llevó una vida de aventuras. Fue expulsado de Oxford en 1811 por la publicación de un panfleto titulado “La necesidad del ateísmo”, se fugó en dos ocasiones con jovencitas para contraer matrimonio (la segunda de ellas fue precisamente Mary Shelley), preconizó el amor libre, viajó a Suiza, Francia e Italia, escribió tratados políticos que le granjearon no pocas antipatías, y padeció la tragedia de perder a dos de sus hijos.

En 1822 convenció a James H. Leigh Hunt, un poeta y editor británico, para crear un periódico, El Liberal, donde él y sus amigos pudieran publicar sus controvertidas obras.

El 8 de julio de ese mismo año, regresaba desde Pisa con Edward E. Williams después de realizar los preparativos para el lanzamiento del nuevo periódico. Mientras navegaban en su velero, llamado Don Juan en honor a Byron y rebautizado por Shelley con el nombre de Ariel, los sorprendió una tormenta y naufragaron.

Edward Trelawny, escritor y amigo, narró con detalle lo que sucedió aquellos días en su obra Narración de los últimos días de Shelley y Byron. Allí cuenta que los dos cadáveres, medio descompuestos y comidos por los peces, fueron recuperados en la playa unos días después del naufragio, adonde habían sido arrastrados por la marea. Como no había obtenido permiso para la incineración, se vio obligado a enterrar los cuerpos, y el 15 de agosto, una vez todo en regla, volver a desenterrarlos, ya pueden imaginar en qué estado.

El ritual se realizó en una playa cerca de Viareggio, Toscana, que es la imagen que aparece en el cuadro. De izquierda a derecha, Trelawny, Leigh Hunt y el mismo Byron.

Trelawny preparó la pira no sin antes ocuparse de extraer el corazón de Shelley, que entregó a su viuda, Mary. Ésta lo conservaría hasta el día de su propia muerte, 29 años después, cuando ya no quedaba de él más que un puñado de polvo.

Trelawny dispuso que las cenizas de Shelley reposaran en el cementerio protestante de Roma, donde descansaban ya los restos de William, hijo de Shelley, y donde un año antes había sido enterrado John Keats. Allí, Trelawny adquirió también un espacio adyacente, donde casi sesenta años más tarde fueron enterrados sus restos a petición suya.

Curiosamente, también fue él quien se ocupó de llevar a cabo los arreglos para el funeral de Byron, que falleció en Grecia sólo dos años después que su amigo Shelley.

El autor
Louis Edourad Fournier (1857-1917) fue un pintor e ilustrador francés. Participó en la pintura de los frescos del Grand Palais de París, e ilustró numerosos libros, incluidos trabajos de Jean De La Fontaine y Honoré de Balzac. El funeral de Shelley (1889) es su obra más conocida.
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martes, 1 de septiembre de 2009

Behn, Aphra Behn, Agente 160

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Apunte - por Pilar Alonso

Todas las mujeres deberían depositar flores en la tumba de Aphra Behn, pues fue ella quien ganó para ellas el derecho de expresar sus ideas.
Virginia Woolf

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Érase una vez Inglaterra y la cabeza de un rey. Carlos I moría decapitado en 1649, Oliver Cromwell accedía a la cúspide de la nueva República y Carlos II se exiliaba a Francia, de donde no regresaría hasta 1660, cuando se le restituyó el trono.

Pero no fue un retorno pacífico, pocas cosas lo eran allá por el siglo XVII. En 1665 se iniciaba la Segunda Guerra Holandesa por un conflicto en las colonias y ahí es donde entra nuestra heroína.

Aphra Behn, que por aquel entonces tendría unos veinticinco años, era la viuda de un acaudalado comerciante alemán, lo que le permitía codearse con la flor y nata de la sociedad. Se rumoreaba que entre sus muchas conquistas amorosas figuraba el mismísimo monarca Carlos II. En 1666, no se sabe muy bien cómo ni por qué, fue enviada a Amberes para espiar a los holandeses, un trabajo que al parecer nunca se le reconoció. Su nombre en clave era Astrea o Agente 160 y envió varias cartas con información que no consta fuesen tomadas demasiado en serio.

Gastó gran parte de su fortuna en Holanda para poder cumplir con sus cometidos, e incluso se vio obligada a vender su anillo de boda para poder mantenerse y, pese a las numerosas peticiones que envió solicitando fondos tanto a Tom Killigrew como a James Halsall, sus contactos en Inglaterra, nunca recibió respuesta. Llegó a recurrir a Lord Arlington, Secretario de Estado, con el mismo resultado.

Finalmente se vio obligada a solicitar un préstamo para poder regresar por su cuenta a Londres en 1667, completamente arruinada. Ante la imposibilidad de hacer frente a los pagos de ese préstamo, fue encarcelada por deudas y ninguna de las misivas que envió a sus supuestos jefes, incluso al rey, obtuvo la más mínima respuesta.

Por fortuna, no pasó mucho tiempo entre rejas. De forma anónima alguien liquidó su deuda, pudo salir de prisión y es probable que además obtuviera algún tipo de compensación económica.

Para poder mantenerse a partir de entonces se vio obligada a escribir por dinero, lo que la convertiría en la primera escritora inglesa profesional, que es por lo que en realidad es conocida, un trabajo que en aquel entonces la tachaba poco menos que de mujer pública.

Escribió la mayoría de sus obras para la Compañía del Duque, una de las dos compañías de teatro que se habían establecido en Londres (la otra era la del Rey), y sus obras fueron representadas con bastante éxito de crítica y público, lo que le reportó beneficios económicos. No dejó de escribir hasta el final de su vida: obras de teatro, poesía y novela, la más famosa de las cuales fue El príncipe Oroonoko, uno de los primeros precedentes de literatura antiesclavista, que se hizo enormemente popular.

Contó durante ese período de su vida con el patronazgo de nobles y cortesanos, como era habitual en su profesión, y también sufrió feroces críticas por parte de sus adversarios por sus ideas escandalosas acerca del sexo y el papel de la mujer.

Murió en 1689 y fue enterrada en la Abadía de Westminster..


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martes, 2 de junio de 2009

La Gran Guerra: primera y última víctima

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Apunte - por Pilar Alonso

Durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) se movilizaron más de sesenta y ocho millones de hombres y murieron más de ocho millones.

Pero ¿quién fue el primero en caer y quién cerró la larga y siniestra lista?

El 2 de agosto de 1914, casi a las diez de la mañana, alemanes y franceses estaban preparados en la frontera entre Luxemburgo y Francia, aunque aún no se había declarado oficialmente la guerra (eso sería el 4 de agosto). El teniente alemán Meyer cruzó a caballo la frontera y el cabo francés Jules André Peugeot, viendo al germano en territorio gabacho, le disparó. Antes de caer, Meyer tuvo tiempo de disparar a su vez, con lo que cayeron ambos.

De Meyer apenas se sabe nada más, pero a Jules André Peugeot se le erigió en 1922 un monumento en Jonchery-sur-Vesle, a cuyo descubrimiento acudió el presidente francés del momento. El monumento fue destruido durante la ocupación nazi y reconstruido en 1959.

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Poco después de las 5 de la madrugada del 11 de noviembre de 1918, Alemania aceptaba y firmaba por fin el armisticio, que entraría en vigor a las 11 de la mañana de ese mismo día. A pesar de que la noticia del final de la guerra se extendió con rapidez, tal vez no llegó hasta el francotirador alemán apostado en Ville-en-Haine, una aldea belga a las afueras de Mons. El soldado canadiense George Price, del 28º Batallón de Infantería de Nueva Escocia, se agachó para recoger unas flores que le tendían unos niños y, al hacerlo, se quitó el casco. El alemán aprovechó para dispararle a la cabeza. Faltaban dos minutos para las once de la mañana.

Cincuenta años más tarde, se colocó una placa en la pared de una casa de Ville-en-Haine, y luego se trasladó a un puente peatonal bautizado como Pasarelle George Price, inaugurado en 1991.


Fuente: Jesús Hernández – Todo lo que debe saber sobre la Primera Guerra Mundial, Ed. Nowtilus, 2007.
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domingo, 24 de mayo de 2009

Primer disco pirata

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Música - por Pilar Alonso
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El primer disco pirata fue el álbum doble de Bob Dylan “Great White Wonder”, en 1969, que vendió más de 400.000 ejemplares. Al parecer, el proceso no era complicado. Se grababa un concierto en directo en una cinta magnetofónica, luego se transcribía a una matriz y más tarde al vinilo. De ese modo se podían sacar miles de copias en cualquier fábrica de prensaje, sin pagar derechos de autor o edición.

La venta de los álbumes piratas se desarrolló especialmente en Europa, donde era mucho más difícil ver en directo a los ídolos americanos. De ese modo, se podía asistir “virtualmente” al concierto en cuestión gracias a un LP pirata. Más tarde se comercializaron los cassettes y luego las cintas de video.

A partir de 1970, no obstante, entraron en vigor varias leyes para reprimir la piratería, que preveían cuantiosas multas para los infractores.
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lunes, 11 de mayo de 2009

Una fuga de lo más desconcertante

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Apunte - por Borgoña
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A veces es difícil ponerse en la piel de la gente que vivió en épocas remotas. Incluso aquellos que siempre que podemos nos sumergimos en un libro o cualquier otra cosa que nos transporte a tiempos pasados, no podemos obviar el poso cultural y ético que hemos heredado de nuestras más inmediatas generaciones y difícilmente -por no decir jamás- podremos sentir o entender exactamente lo que los contemporáneos de otros siglos sintieron o creyeron.

Por eso tal vez será difícil que el siguiente episodio os ponga la carne de gallina si antes no hacéis un ejercicio de regresión genética. En ese caso, a lo mejor os pasa como a mí y entraréis a catalogar el hecho dentro de la categoría de los atracos o evasiones sublimes.

Me topé con la anécdota en la novela de Chufo Llorens, Catalina, la fugitiva de San Benito, así que a quien tenga pensado leérsela le recomiendo que no siga adelante, pues paso a desvelar una escena crucial. El autor especifica en una nota que está basado en un hecho histórico y mi firme intención era dar con él, pero mis dotes de investigador, he comprobado, son pésimas y no he hallado nada de nada al respecto. Pero la cosa iba, más o menos, de la siguiente forma:

España, siglo XVII. Imaginaos que sois un reo condenado por el Rey que va a ser ahorcado en pública ejecución. Ya estáis sobre el cadalso y no habrá Robin Hood que os salve. Bajo la tarima hay una nutrida guardia de alguaciles, corchetes y soldados, y toda la plaza está copada por una masa compacta de ciudadanos ansiosos por verte bailar sobre la cuerda, así que, en caso de huída, no te van a engullir y ocultar en plan “Evasión o victoria”. No sabes karate ni eres un antepasado del mago Copperfield para que puedas desaparecer a tu antojo. No puedes esperar clemencia del Rey ni aguardas a que llegue un jinete con unos valiosos documentos que han de salvarte in extremis.

El verdugo ya te ha puesto la soga al cuello y sólo tienes derecho a pedir un último deseo. Uno aceptable en tus circunstancias. Bien, pues… ¿Qué pedirías para salvarte?
En una situación parecida se encontraba Catalina, la protagonista de la novela de Chufo Llorens y, como ella, un presunto personaje real.

Pues bien, tú, que eres muy perspicaz, eliges recibir el cuerpo de Cristo por última vez en tu vida, aseverando que has sido recientemente confesado por un fraile en la húmeda mazmorra donde has pasado la noche. Y quedas ante todos como muy piadoso y la petición como muy venida al caso.

Así pues, suben un cura y un monaguillo y se ponen a consagrar la hostia sobre el cadalso. Con la fórmula habitual el clérigo te ofrece la oblea y tú la recibes beatíficamente en la boca.
Pero ten mucho cuidado de que no se te deshaga, porque… ¡Tachán! Segundos después te la sacas de la boca y la alzas sobre tu cabeza, mostrándosela a la concurrencia –has tenido la leche de que no te aten las manos atrás- y gritas:

- ¡Soy Iglesia! Que nadie ose tocarme.
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Y nadie osa tocarte. Nadie te pondrá un dedo encima, es más, cuando tranquilamente bajes del cadalso y abandones la plaza, siempre con la Sagrada Forma en alto, la gente, que te gritaba de todo menos guapo segundos antes, se irá abriendo para dejarte vía libre, reverenciando tu sagrada presencia. Y caminarás tranquilamente entre ellos y luego por la ciudad hasta que desees acogerte a sagrado en la iglesia que más te plazca, lugar donde por el tiempo, como seguramente sabréis, se acababa la jurisdicción real.

Habrá quien enseguida haya entendido el asunto, eso de "Soy Iglesia" y el por qué de que el reo se vuelva intocable. Por mi parte tuve que mirar la nota que explicaba el episodio. Pues bien, resulta que en el momento en que una hostia ha sido consagrada se convierte en el cuerpo de Cristo y por lo tanto, su portador, en la Sagrada Custodia, que vendría a ser un relicario donde se coloca la hostia una vez consagrada. Así pues, protegido por semejante estado divino, el reo se convierte en un ser intocable, al menos en una sociedad tan mística como la de entonces.

Como no he localizado el hecho histórico y no sé cómo acabó éste, ni si fue único, amén de que no soy una eminencia en lo que a religión y derecho se refiere, no puedo dar con las posibles incoherencias del asunto ni subrayar la efectividad real de la treta, pero así presentado, como he pretendido hacerlo o como me lo imaginé leyendo la citada novela, no cabe duda de que es una fuga desconcertante y de lo más ingeniosa.

Espero que después de haber captado vuestra atención, la anécdota no os haya decepcionado. A mí el asunto me llenó de estupor y lo guardo en una bodega de mi memoria junto a, entre otros episodios, el “Plan brillante” de Michael Caine o la evasión de “Cadena perpetua”.
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martes, 5 de mayo de 2009

La Colina de las Botas

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Apunte - por Pilar Alonso

La Colina de las Botas (Boots Hill) era el nombre genérico que se daba en el lejano Oeste a los cementerios en los que se enterraba a aquellos que morían de forma violenta (con las botas puestas), especialmente pistoleros, aunque también a los extranjeros que no podían permitirse un entierro decente.

Cada ciudad disponía del suyo propio: Deadwood, Dodge City, El Paso... aunque tal vez el más famoso sea el de Tombstone, Arizona. Allí, Wyatt Earp junto a dos de sus hermanos y a Doc Holliday protagonizaron el tiroteo de O.K. Corral, donde fallecieron Frank y Tom McLaury y Bill Clanton, que fueron enterrados en la Colina de las Botas.

El cementerio de Tombstone, que hoy visitan los turistas, estuvo abierto sólo durante seis años, desde 1878 hasta 1884, y en él se encuentran 300 tumbas, 205 de ellas con nombre. Claro que en muchos casos se trata sólo del apodo, a saber cómo se llamaban en realidad algunos de ellos, sin ningún documento que los identificase.

Las cruces eran de madera y las inscripciones estaban pintadas a mano. Las fuerzas de la naturaleza y los ladrones de recuerdos hicieron estragos en él, y en la década de 1940 la ciudad decidió hacer algo para restaurarlo y devolverlo a su estado original.

El cementerio disponía también de una sección para chinos y otra para judíos, la mayoría de cuyas tumbas no tienen nombre.
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domingo, 26 de abril de 2009

Prohibido besar

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Apuntes - por Pilar Alonso

Tiberio, emperador de Roma tras la muerte de Augusto, gobernó desde el año 14 hasta el 37. No ha pasado a la historia por ser precisamente un emperador modelo y según parece su mandato estuvo marcado por la confusión, la inactividad y la desconfianza.

Pasó gran parte de su gobierno alejado de Roma, primero en Rodas, luego en Campania y finalmente en la isla de Capri, y descargó gran parte de su tarea en Sejano, el jefe de su guardia pretoriana, un personaje infame, al decir de la mayoría.

Alejado o no de la Urbs, en el año 19 promulgó un edicto en el que se prohibían los besos. Al parecer era costumbre extendida entre los romanos besarse como forma de saludo, y el emperador distinguía así a sus ciudadanos preeminentes. Pero aquel año hubo un brote de sicosis, una enfermedad inflamatoria de la piel que afecta a los folículos pilosos, especialmente en la barba, y provoca erupciones bastante desagradables.

Así es que Tiberio, que era un poco maniático y que tenía además un cutis delicado, prohibió los besos. De esa manera evitó honrar con un ósculo a aquellos a los que se sentía obligado a besar, por si eran portadores de la enfermedad y podían contagiársela.

No sé cuánto tiempo duró dicha prohibición, pero seguro que la historia se perdió un buen puñado de besos.
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miércoles, 15 de abril de 2009

Guantes de amor


Apuntes - por Pilar Alonso

La historia de la medicina está llena de descubrimientos debidos, en gran parte, al azar. Pero hay otros que tienen su razón de ser en otras causas y el que hoy nos ocupa se debe, por muy cursi que pueda sonar, al amor.

William Stewart Halsted (1852-1922) fue un médico estadounidense que obtuvo el cargo, en 1890, de jefe de cirugía del John Hopkins, en Baltimore, donde trabajaba desde hacía varios años.

Allí conoció a Caroline Hampton, que había llegado a Baltimore en la primavera de 1889, una señorita del Sur diplomada en enfermería, y a la que nombró enfermera jefe de la sala de operaciones.

Unos meses más tarde, la señorita Hampton comenzó a sufrir alteraciones en la piel de las manos y los brazos, sin duda provocadas por los corrosivos antisépticos del quirófano con que se lavaban las manos antes de operar. Como los eccemas no dejaban de desarrollarse, era evidente que la joven tendría que abandonar su puesto de trabajo.

Halsted, que al parecer era bastante tímido, temió ver desaparecer a Caroline de su vida y encargó a la Goodyear, fabricantes de neumáticos y productos de caucho, la confección de un par de guantes de goma extraordinariamente fina, para que la joven pudiese trabajar sin impedimentos. Se esterilizaban al vapor, eran resistentes, se adaptaban como una segunda piel y hacían innecesario el uso del antiséptico.

Cuando Caroline Hampton se casó con Halsted en 1890 y abandonó el quirófano, dejó los “guantes del amor” allí. Los ayudantes del médico continuaron usándolos y no tardó Halsted en comprender que había realizado un descubrimiento esencial para la historia de la medicina. Los guantes no sólo protegerían las manos de enfermeras y cirujanos, también prevendrían el riesgo de infecciones para los enfermos, una de las principales causas de mortandad entre aquellos que se sometían a algún tipo de cirugía.

Y así nacieron los guantes quirúrgicos, que no tardaron en conquistar las salas de operaciones del mundo entero.

O al menos así lo cuenta Jürgen Thorwald en El siglo de los cirujanos.
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viernes, 27 de marzo de 2009

Me he convertido en La Muerte

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Apuntes - por Pilar Alonso


Parece que ésta o una frase similar fue la que pronunció J. Robert Oppenheimer en Los Álamos, cuando se probó por primera vez la bomba nuclear, el 16 de julio de 1945.

Oppenheimer (1904-1967), considerado el padre de la bomba atómica, era un científico neoyorkino de origen judío. Ante la creencia de que los nazis habían descubierto la fisión nuclear, se unió a un grupo de científicos, entre los que se encontraba el exiliado Einstein, para dirigir una carta al presidente Roosevelt alertándole sobre las repercusiones de dicho descubrimiento.
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El presidente norteamericano decidió entonces financiar en secreto la investigación de nuevas armas en el que se llamó Proyecto Manhattan. Y Oppenheimer fue el encargado de coordinar los distintos trabajos. A tal fin decidió que lo mejor era reunir a todos los científicos, entre los que figuraban exiliados de Alemania o Italia, en un solo lugar. Y ese lugar fue Los Álamos, en Nuevo México.

Aunque cuando la bomba estuvo lista los nazis ya se habían rendido, Truman, el nuevo presidente, creyó necesario conocer el alcance de la nueva arma. Y se procedió a probarla en el Desierto Jornada del Muerto, a 90 kms de la base de la fuerza aérea en Alamogordo, Nuevo México.



Desde una distancia de 9 kms y mediante un mando a distancia, se accionó la bomba. Una bola de fuego verde, morada y finalmente blanca se elevó sobre una superficie de 1,5 kms, y formó una especie de hongo a unos 12 kms. del suelo. Produjo un cráter de 300 metros de diámetro y tres de profundidad. La tierra tembló, el efecto se dejó sentir en un radio de unos 160 kms y la torre de acero que había sostenido el artefacto desapareció. Seguramente fue entonces cuando Oppenheimer se dio cuenta de lo que implicaba aquella arma y pronunció esa frase: “Me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos”.

En agosto de ese mismo año, Hiroshima y Nagasaki le daban la razón.
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lunes, 16 de marzo de 2009

Lunáticos

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Apuntes - por Pilar Alonso


Noche de luna llena. En una calle de Birmingham, Inglaterra, un grupo de hombres abandona un edificio. Son miembros de la Sociedad Lunar, lunáticos, como acabarán llamándose. Sólo celebran sus reuniones las noches en que la luz de la luna puede guiar sus pasos de vuelta a casa. Birmingham aún no dispone de alumbrado público.

Erasmus Darwin (1731-1802), abuelo de Charles Darwin, es médico, inventor, botánico, poeta y filósofo y en 1753 miembro fundador, junto a Matthew Boulton, de la Sociedad Lunar. Se reúnen en su casa o en la de otro y discuten, a puerta cerrada, sin orden del día y sin dejar constancia de sus reuniones, de política y dinero, de arte, medicina, botánica, ciencia y tecnología.

Entre los integrantes de dicho club, que nunca sobrepasará los catorce miembros, figuran los ingenieros Matthew Boulton y James Watt (sí, el de la máquina de vapor), el alfarero Josiah Wedgwood, el químico Joseph Priestly o el médico y botánico William Withering. Pero además reciben a otros invitados o se cartean con hombres de la talla de Benjamin Franklin, el pintor Joseph Wright, Thomas Jefferson y Jean Jacques Rousseau.

Los imagino entre el humo de las pipas y las copas de licor, reunidos en una biblioteca atestada de libros, en la que no falta una chimenea encendida. Allí, sobre el tapete, se debate todo lo debatible y germinan adelantos médicos y botánicos, los embriones de la teoría de la evolución, inventos capaces de cambiar el mundo o ideas revolucionarias susceptibles de mejorarlo. Esos hombres, integrantes de un club extraordinario, cincelan a golpe de palabra un pedazo del futuro.

En 1813 se celebra la última reunión. La mayoría de los lunáticos ha muerto y los que aún sobreviven son demasiado mayores como para que les pueda inquietar el porvenir.


Y así muere también el club, de viejo, en una noche de luna llena en la que un grupo de hombres, en una calle de Birmingham, Inglaterra, abandona un edificio por última vez.
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sábado, 7 de marzo de 2009

Bill Haley, el otro Rey

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Música - Pilar Alonso

¿Quién no ha oído alguna vez “Rock around the Clock”? ¿Y quién, habiéndolo oído, ha podido permanecer completamente indiferente? Es inevitable que los pies, e incluso los hombros o las manos, se muevan al compás.

El autor es Bill Haley, nacido William John Clifton Haley en Michigan, en marzo de 1927. Sus padres eran músicos y a los 15 años se fugó de casa para crear su propio grupo, aunque no tuvo éxito. De emisora en emisora, deambuló por el panorama discográfico sin que nadie se fijara en él. En 1952 grabaría “Crazy man, crazy”, que el famoso disc-jockey Alan Fred escuchó y decidió lanzar, etiquetándolo con un nombre nuevo que él había inventado: “rock’n’roll”.

Tras el éxito de ese tema, Bill Haley firmó un contrato con la poderosa discográfica Decca. El 12 de abril de 1954 se grabó “Rock around the Clock”, que se mantendría durante ocho semanas como el número 1 en las listas de éxitos. Se vendieron quince millones de copias, una cifra que aún en la actualidad no está al alcance de cualquiera.

Con ese tema Bill Haley se convertía en un símbolo del cambio generacional. Tanto él como su banda, The Comets, fueron imitados por todos los jóvenes de 1955. La aparición del Rey, Elvis Presley, aún más rebelde que Haley, los desbancó y, poco a poco, desaparecieron del panorama musical.

Haley moriría el 9 de febrero de 1981, olvidado y solo en su casa, en Texas. Su cadáver no se encontraría hasta cinco días después de su fallecimiento. Nadie había echado de menos al primer hombre que pisó la luna del rock’n’roll.
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jueves, 5 de marzo de 2009

David Livingstone, el buscador de ríos

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Apuntes - por Pilar Alonso

“Si alguna vez vais a África, que Dios os conceda un compañero tan leal y tan noble como David Livingstone”.
Henry Stanley
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Hay tierras que le ganan a uno el alma sin remedio, y algo así fue lo que tuvo que sucederle a David Livingstone con África.

Explorador, médico y misionero, este escocés nacido en 1813 fue uno de los hombres más queridos y admirados de su tiempo. Desde que en 1840 desembarcara en El Cabo, Sudáfrica, exploró gran parte del desconocido continente y realizó descubrimientos de la importancia de las cataratas Victoria, además de ser el primer europeo en recorrer el África central de costa a costa.

Se casó con la hija de otro misionero, Mary Moffat, con quien tuvo varios hijos y que compartió con él muchas de sus penalidades, que, en aquellas tierras tan a menudo hostiles, no debieron ser pocas. Cada vez que regresaba a Inglaterra era recibido con honores y sus libros y conferencias eran todo un éxito.

La última vez que regresó a África lo hizo solo, Mary Livingstone lo seguiría más de tres años después. Su sueño, su reto: descubrir el nacimiento del Nilo. Poco después de reunirse con su esposa, en enero de 1862, ésta fallecía de unas fiebres junto al río Zambeze.

Malaria, disentería, hormigas soldado, serpientes, leones... Livingstone padeció todo tipo de fiebres y enfermedades, que fueron minando su salud, sin contar con el inmenso desgaste que supuso batallar con los nativos para erradicar la esclavitud o, llegado el caso, tratar de cristianizarlos.

El periodista del The New York Herald, Henry Stanley, partió en su busca cuando se le dio por desaparecido, y pronunciaría, al encontrarse con él junto al lago Tanganika, aquella famosa frase “El doctor Livingstone, supongo”, que dio lugar a la leyenda. Poco después de marcharse, sin haber convencido al explorador de regresar con él a Inglaterra, pese a su delicado estado de salud, Livingstone, cada vez más enfermo, fallecía de unas fiebres en la aldea de Chitambo, en la actual Zambia. Era el 1 de mayo de 1873.

Souzi, Chouma y Wainwringt, sus fieles servidores, lo encontraron muerto, arrodillado junto a su cama en actitud de orar. “El buscador de ríos”, como era conocido en muchas partes de África, se había ganado el respeto de aquellas gentes, y ellos consideraron que era su deber transportar el cadáver hasta la costa y entregárselo a los hombres blancos.

Decidieron embalsamarlo y le extrajeron las vísceras. El corazón fue depositado en una caja y enterrado bajo un árbol, a gran profundidad, para evitar que las alimañas pudieran desenterrarlo. El resto del cuerpo fue momificado, envuelto en una tela y transportado durante diez meses por sus hombres, hasta que fue entregado en Zanzíbar en febrero de 1874.

Fue enterrado en la abadía de Westminster en abril de ese mismo año, con la asistencia de las personalidades más relevantes de la sociedad. Jacobo Wainwringt, en representación de sus compañeros africanos, fue uno de los portadores del féretro.

Sus restos descansan junto a reyes y personalidades de la talla de Lord Byron, Charles Darwin, Isaac Newton o Charles Dickens.

Pero su corazón se quedó en África, en la tierra que amaba y en la que pasó la mayor parte de su vida. Creo que es lo que él hubiese querido.
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viernes, 27 de febrero de 2009

30 de Octubre de 1938. El día del fin del mundo.

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Apuntes - por Pilar Alonso

Poco podía imaginar H.G. Wells (1866-1946) que una de sus novelas, concretamente La guerra de los mundos, iba a causar estragos cuarenta años después de su publicación. La novela, ambientada en el Londres de principios del XX, narra la invasión de la Tierra por parte de una serie de naves extraterrestres, la evacuación de la ciudad y el enfrentamiento contra los alienígenas.

Pues bien, la noche del 30 de Octubre de 1938 la CBS decidió adaptar la novela a un programa radiofónico. En un momento en que no existían equipos de televisión, la mayoría de la gente se reunía alrededor de los aparatos de radio para escuchar sus programas favoritos. Antes de iniciar la retransmisión, que se hizo como si se tratase de un boletín de noticias, el programa avisó de que se trataba de la dramatización de una novela de ciencia ficción.

Pero, claro, no todo el mundo estuvo ahí desde el inicio y, los que pusieron la radio cuando el programa ya había comenzado, se llevaron el mayor susto de su vida. Orson Welles retransmitía en directo lo que parecía ser la invasión de la Tierra por los marcianos, cuya primera nave había aterrizado en New Jersey, todo escenificado hasta el detalle. Y todos sabemos que su talento como actor era innegable.

Muchos ciudadanos, presas del pánico, cogieron sus más valiosas pertenencias y se echaron a la calle, tratando de abandonar sus ciudades, especialmente en New Jersey y New York, sin saber muy bien hacia dónde dirigirse, convencidos de que los alienígenas los atacaban y que el fin del mundo había llegado. Otros se encerraron en sus sótanos, armados hasta los dientes y hubo incluso quienes trataron de improvisar máscaras de gas para defenderse del ataque de los marcianos. Se bloquearon las emisoras de noticias y los teléfonos de la policía, saturados por las llamadas de los asustados radioyentes que pedían confirmación de lo que parecía estar sucediendo.

Fue un gran escándalo y Orson Welles tuvo que pedir disculpas públicamente. Pero me pregunto qué nuevas pesadillas nacieron aquella noche, entre aquellos que, durante unos minutos o unas horas, creyeron que el fin del mundo estaba al otro lado de su puerta.


Para escuchar el programa:

aquí
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