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martes, 12 de abril de 2011

La ciencia de Sherlock Holmes - E. J. Wagner

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Reseña
- por Pilar Alonso. Publicada originalmente en http://www.ciberanika.com/ .

Planeta, Enero 2010

Género: Ensayo

334 páginas
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¿Cómo fueron las primeras autopsias? ¿Cuáles son los venenos más utilizados por los asesinos? ¿Quién descubrió la utilidad de las huellas dactilares en el proceso de identificación? ¿Qué cualidades debe tener un buen detective?
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En este libro, tan fascinante como los casos que resuelve Sherlock Holmes, se responde a estas preguntas a la vez que se examinan las extraordinarias aventuras del detective y se analizan los perturbadores misterios, reales y ficticios, más importantes del siglo XIX, como la desaparición del doctor George Parkman, el caso del asesino de esposas Kenneth Barlow o las historias de Jack el Destripador.

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E. J. Wagner, historiadora criminal y articulista de The New York Times o Ellery Queen’s Mistery Magazine, ofrece aquí una nueva perspectiva sobre los casos más famosos del detective y la investigación forense de la actualidad, una base sobre la que se sustenta la criminología moderna y la técnica de los CSI.

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(Sinopsis de la editorial)

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Este libro es una apasionante aproximación a la historia de la medicina forense y de la criminología durante el siglo XIX y principios del XX. Para ello, la autora se sirve de la figura de Sherlock Holmes y de una serie de crímenes famosos, algunos de ellos aún sin resolver.

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E. J. Wagner es historiadora criminal y además una gran conocedora del personaje creado por Sir Arthur Conan Doyle, al menos es la sensación que desprende la lectura de este volumen, con múltiples referencias al personaje, a los casos en los que se vio envuelto y a sus técnicas de investigación, muchas de ellas precursoras de lo que luego serían disciplinas aplicables a la realidad, como es el caso de las huellas dactilares.

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Lo que más llama la atención durante la lectura de este volumen es el modo en que Sir Conan Doyle introducía en su obra las últimas tendencias en medicina forense y criminología y, al mismo tiempo, cómo su personaje inspiró a científicos e investigadores de todo el mundo tratando de descubrir si algunas de las técnicas del detective podrían tener aplicación práctica – y no todas lo fueron. Esa mutua influencia queda magníficamente reflejada a lo largo de todo el libro, en la detección de venenos, en la grafología, en la balística… por citar sólo algunos ejemplos.

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A medida que la autora va desgranando los avances de la época, los acompaña de casos reales y nos muestra cómo fue llevada a cabo la investigación y cómo las nuevas disciplinas ayudaron a resolver muchos de ellos.

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La lectura es fascinante, una mezcla entre ciencia y novela policíaca que es imposible dejar de leer, repleta de curiosidades y de personajes de un atractivo innegable – ficticios o no -. Ágil, ameno y con ritmo es un libro para leer y releer, para descubrir y asombrarse. Un excelente trabajo.


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domingo, 20 de junio de 2010

El hombre de la nariz de oro

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Apuntes - por Pilar Alonso


Cuando las estrellas aún no tenían nombre y en la hoguera ardían quienes afirmaban que la Tierra no era el centro del Universo, vivía en el Norte, en la fría Dinamarca, el que sería conocido como el príncipe de los astrónomos: Tycho Brahe (1546-1601).

Y no vivía de cualquier modo, que el rey Federico II de Dinamarca y Noruega le había hecho construir dos observatorios y un laboratorio para que pudiera estudiar las estrellas a su antojo. A falta de telescopio, Tycho Brahe diseñó instrumentos para poder observar y medir más de mil estrellas con bastante precisión.

A la muerte de Federico II otro no menos poderoso reclamó los servicios del astrónomo: el emperador Rodolfo II. Y a Praga se marchó Tycho Brahe, donde le habían hecho construir otro observatorio para que continuara explorando los cielos. Allí se le unió un discípulo, Johannes Kepler, que terminaría heredando todos sus trabajos sobre astronomía, trabajos que le ayudarían a elaborar las “leyes de Kepler” sobre el movimiento de los planetas.

Y como no hay personaje que carezca de anecdotario o de leyenda, Tycho Brahe no iba a ser una excepción. Cuentan que a los 20 años, en diciembre de 1566, discutió en una fiesta con Manderup Parsberg, otro matemático. Y no por causa de una mujer, sino por cuestiones de números y de egos. Tres días más tarde se enfrentaban en un duelo en el que Tycho perdería la nariz.

A pesar de que, imagino, casi siempre caminaba con la vista clavada en el cielo, para no perderse ningún fenómeno estelar, no disponer de apéndice nasal podía representar un problema cada vez que bajara la cabeza. Como recursos no le faltaban, se hizo fabricar una nariz de oro, plata, y seguramente cobre, que llevaba siempre puesta, pegada a la cara con una especie de pasta o pegamento, y cuya apariencia, según cuentan, resultaba bastante natural.

Eso sí, no he conseguido averiguar cómo se las apañaba con los resfriados o la primavera. Espero que no fuera alérgico al polen.
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viernes, 27 de marzo de 2009

Me he convertido en La Muerte

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Apuntes - por Pilar Alonso


Parece que ésta o una frase similar fue la que pronunció J. Robert Oppenheimer en Los Álamos, cuando se probó por primera vez la bomba nuclear, el 16 de julio de 1945.

Oppenheimer (1904-1967), considerado el padre de la bomba atómica, era un científico neoyorkino de origen judío. Ante la creencia de que los nazis habían descubierto la fisión nuclear, se unió a un grupo de científicos, entre los que se encontraba el exiliado Einstein, para dirigir una carta al presidente Roosevelt alertándole sobre las repercusiones de dicho descubrimiento.
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El presidente norteamericano decidió entonces financiar en secreto la investigación de nuevas armas en el que se llamó Proyecto Manhattan. Y Oppenheimer fue el encargado de coordinar los distintos trabajos. A tal fin decidió que lo mejor era reunir a todos los científicos, entre los que figuraban exiliados de Alemania o Italia, en un solo lugar. Y ese lugar fue Los Álamos, en Nuevo México.

Aunque cuando la bomba estuvo lista los nazis ya se habían rendido, Truman, el nuevo presidente, creyó necesario conocer el alcance de la nueva arma. Y se procedió a probarla en el Desierto Jornada del Muerto, a 90 kms de la base de la fuerza aérea en Alamogordo, Nuevo México.



Desde una distancia de 9 kms y mediante un mando a distancia, se accionó la bomba. Una bola de fuego verde, morada y finalmente blanca se elevó sobre una superficie de 1,5 kms, y formó una especie de hongo a unos 12 kms. del suelo. Produjo un cráter de 300 metros de diámetro y tres de profundidad. La tierra tembló, el efecto se dejó sentir en un radio de unos 160 kms y la torre de acero que había sostenido el artefacto desapareció. Seguramente fue entonces cuando Oppenheimer se dio cuenta de lo que implicaba aquella arma y pronunció esa frase: “Me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos”.

En agosto de ese mismo año, Hiroshima y Nagasaki le daban la razón.
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lunes, 16 de marzo de 2009

Lunáticos

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Apuntes - por Pilar Alonso


Noche de luna llena. En una calle de Birmingham, Inglaterra, un grupo de hombres abandona un edificio. Son miembros de la Sociedad Lunar, lunáticos, como acabarán llamándose. Sólo celebran sus reuniones las noches en que la luz de la luna puede guiar sus pasos de vuelta a casa. Birmingham aún no dispone de alumbrado público.

Erasmus Darwin (1731-1802), abuelo de Charles Darwin, es médico, inventor, botánico, poeta y filósofo y en 1753 miembro fundador, junto a Matthew Boulton, de la Sociedad Lunar. Se reúnen en su casa o en la de otro y discuten, a puerta cerrada, sin orden del día y sin dejar constancia de sus reuniones, de política y dinero, de arte, medicina, botánica, ciencia y tecnología.

Entre los integrantes de dicho club, que nunca sobrepasará los catorce miembros, figuran los ingenieros Matthew Boulton y James Watt (sí, el de la máquina de vapor), el alfarero Josiah Wedgwood, el químico Joseph Priestly o el médico y botánico William Withering. Pero además reciben a otros invitados o se cartean con hombres de la talla de Benjamin Franklin, el pintor Joseph Wright, Thomas Jefferson y Jean Jacques Rousseau.

Los imagino entre el humo de las pipas y las copas de licor, reunidos en una biblioteca atestada de libros, en la que no falta una chimenea encendida. Allí, sobre el tapete, se debate todo lo debatible y germinan adelantos médicos y botánicos, los embriones de la teoría de la evolución, inventos capaces de cambiar el mundo o ideas revolucionarias susceptibles de mejorarlo. Esos hombres, integrantes de un club extraordinario, cincelan a golpe de palabra un pedazo del futuro.

En 1813 se celebra la última reunión. La mayoría de los lunáticos ha muerto y los que aún sobreviven son demasiado mayores como para que les pueda inquietar el porvenir.


Y así muere también el club, de viejo, en una noche de luna llena en la que un grupo de hombres, en una calle de Birmingham, Inglaterra, abandona un edificio por última vez.
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