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lunes, 16 de enero de 2012

Entre tonos de gris - Ruta Sepetys

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Reseña - por Pilar Alonso. Publicada originalmente en www.ciberanika.com


Maeva, Octubre 2011
Género: Novela
288 páginas


Junio 1941, Kaunas, Lituania. Lina tiene quince años y está preparando su ingreso en una escuela de arte. Una noche, la policía secreta soviética entra violentamente en su casa y obliga a su familia a subir a un camión. Se inicia así un viaje hasta Siberia junto a otros refugiados para ser internados en campos de trabajo.

El padre será llevado a otro lugar y Lina utilizará su don con el dibujo para hacerle llegar mensajes a través de una cadena de presos, y comunicarle que están con vida.

En Siberia, el hambre y el frío son atroces, pero Lina y su familia conseguirán sobrevivir gracias al espíritu fuerte y solidario de su madre. Por desgracia, el viaje aún no ha terminado.
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Perdidos en la inmensidad de un conflicto como la Segunda Guerra Mundial existen episodios menos conocidos que los que han ocupado durante años ensayos y novelas. Este libro es un buen ejemplo de ello.

En 1939 la Unión Soviética ocupó los territorios de Lituania, Letonia y Estonia, ahora de nuevo independientes. El régimen de Stalin confeccionó una serie de listas en las que se incluyeron a todos aquellos considerados antisoviéticos. Médicos, abogados, militares, profesores… fueron deportados, junto a sus familias, a partir de junio de 1941. Ruta Sepetys, la autora de esta novela, es descendiente de uno de ellos.

La narradora es una joven de quince años llamada Lina, cuyo padre ha desaparecido engullido por el Régimen. Se verá obligada a abandonar su casa junto a su madre y su hermano, una noche en la que la policía secreta se persona en su domicilio y trunca para siempre sus sueños.

Las imágenes de cientos de personas subiendo a vagones de tren, con sus escasas pertenencias a cuestas, son casi idénticas a las deportaciones masivas de judíos llevadas a cabo por los nazis. Los paralelismos no acaban ahí. Las condiciones del viaje y la llegada a los campos de trabajo nada tienen que envidiarle a los métodos germanos, haciendo evidente que la barbarie existía con la misma intensidad en los dos bandos de la Guerra.

La voz de Lina, que poco a poco va perdiendo su ingenuidad, nos lleva de la mano por un camino lleno de desgracias, peligros y miseria. Con su estilo sencillo y fresco es capaz de transmitirnos todo el horror de este trágico episodio de la historia soviética, sin olvidar en ningún momento que, aún en las peores condiciones posibles, siempre queda un resquicio para la esperanza.

Los personajes que acompañan a Lina en su largo y doloroso periplo, tanto soviéticos como lituanos, quedan perfectamente reflejados a través de la mirada de la joven. Amigos y enemigos ocupan un rol muy definido y perfectamente caracterizado, que resulta muy sencillo visualizar.

Entre tonos de gris nos sumerge en un infierno de hielo y hambre, en una realidad tan dura y brutal que nos conmoverá para siempre.

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domingo, 7 de diciembre de 2008

El mundo que vendrá - Dara Horn

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Reseña - por Pilar Alonso


Editorial Destino
422 páginas
Género: Novela



Benjamin Ziskind, un antiguo niño prodigio, redacta preguntas para un concurso televisivo. Un día acude a una exposición y descubre con asombro un Chagall que había permanecido colgado en el salón de sus padres durante años. Y decide robarlo.

Ochenta años antes, en la Unión Soviética, Marc Chagall da clases en un orfanato. Allí, otro niño sorprenderá al pintor con uno de sus dibujos y el artista se lo cambiará por uno de sus cuadros, el mismo que años más tarde robará Ziskind. Durante el intercambio, el pequeño conocerá también a un escritor judío, que le regalará una de sus historias y que se convertirá en el otro gran protagonista de la trama.


Opinión


Sobre los escenarios de las dos historias que convergen en la novela planea continuamente la figura de Chagall, un personaje secundario al que la autora ha dibujado, a través de las palabras de uno de sus personajes, como un oportunista.

Tenemos por un lado la historia de Benjamin, de su hermana gemela Sara, de sus padres, ambos muertos ya, y del robo del cuadro. Por el otro, la del escritor yiddish Der Nister, antiguo vecino del artista, que escribía cuentos y que no pudo marcharse de Rusia como hizo Chagall. Obligado a permanecer en su país, sufrió la represión, la miseria y, finalmente, la muerte, mientras el famoso pintor, del que de vez en cuando le llegaban noticias, recorría el mundo olvidando sus orígenes.

La novela está salpicada de cuentos, la mayoría extraordinarios y cargados de simbolismo, que supuestamente escribía la madre de Ben y Sara, y de referencias a pinturas de Chagall, que es imprescindible buscar. Y todo ello es sólo el papel que envuelve el regalo que supone esta obra, una novela cargada de emociones, y en algunos momentos de una belleza sobrecogedora.

Tres generaciones se dan la mano durante la trama, y a través de ellas descubrimos aspectos como la confianza o la injusticia, la inocencia o la traición, y todo con una prosa impecable.

Una idea subyace durante toda la novela, y es con la que me quedo. “El mundo que vendrá” es en realidad el lugar al que se marchan nuestros muertos, para formar a los aún no nacidos de su propia familia y moldear el carácter que tendrán en el futuro. Hay un fragmento en el libro que resume maravillosamente esa idea: “Pequeños vestigios de sus padres flotaban en su interior y crecían, invisibles y silenciosos, construyendo un alma. Cada mujer embarazada llevaba consigo a los muertos”.
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