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viernes, 3 de febrero de 2012

Depredadores humanos - Janire Rámila

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Reseña - por Pilar Alonso. Publicada originalmente en www.ciberanika.com



Nowtilus, Febrero 2011
Género: Divulgación
288 páginas




Mediante una gran documentación conformada por informes policiales, psicológicos, médicos, fotografías de las escenas de los crímenes y la descripción de diferentes casos, Janire Rámila nos permite comprender la mente de un asesino en serie, cómo suele actuar y, quizá lo más importante, nos acerca de manera minuciosa a su universo, para así poder identificarlos y reconocerlos.


(Sinopsis parcial de la editorial)
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Asesinos en serie los ha habido siempre, en todas las épocas y en todas las culturas.” Así comienza este fantástico trabajo de Janire Rámila, periodista y criminóloga, en el que aborda la figura del asesino en serie, la de las víctimas y la de las fuerzas del orden.

En primer lugar, Janire Rámila distingue entre psicóticos y psicópatas, una distinción trascendental a la hora de tratar los casos de asesinos seriales. Los primeros suelen ser enfermos mentales, los segundos no, y es en ellos en los que basa la mayor parte de este trabajo. Los psicópatas, caracterizados por su ausencia de remordimientos y su falta de empatía, suelen ser organizados y sociables, inteligentes y competentes.

La autora analiza algunos casos famosos para ilustrar la información que proporciona: Ted Bundy, El carnicero de Milwaukee, El Hijo de Sam, e incluso Jack el Destripador. Valiéndose de todos ellos traza el perfil de los psicópatas convertidos en asesinos en serie, qué los caracteriza, cómo se mueven, qué los motiva… en un viaje aterrador a lo más profundo de esas mentes perturbadas y terribles, ya sean hombres o mujeres.

Uno de los capítulos más interesantes trata sobre el tratamiento otorgado a ese tipo de presos. En Estados Unidos, donde existen la pena de muerte o la cadena perpetua, una vez que son capturados ya no representan ninguna amenaza para la sociedad. Pero en países como el nuestro, en el que tarde o temprano les es concedida la libertad, vuelven a cometer sus crímenes. No existe tratamiento ni cura para la psicopatía, ni rehabilitación posible. La única solución parece ser recluirlos de por vida en una penitenciaría o en una institución mental. Es el único modo de asegurarse de que no volverán a reincidir.

Janire Rámila no se limita a presentarnos a los asesinos en serie. También nos habla de las víctimas y de la poca atención que se les presta, en especial si las comparamos con sus asesinos, algunos de los cuales tienen club de fans propio. Nos habla del tipo de víctimas, del dolor que padecen y de las pocas ayudas que reciben. Y otro de los aspectos más interesantes del libro: cómo reconocer a un psicópata en ciernes, cuya conducta puede apreciarse ya desde la niñez.

La autora dedica la última parte de su trabajo a hablar de las fuerzas de la ley, de los teóricos que han estudiado a los psicópatas y del avance de la ciencia forense, desde los tiempos de Vidocq o Abberline, para descubrir y detener a los asesinos, comenzando con la elaboración de los perfiles, una disciplina que se desarrolla especialmente en el Departamento de Ciencias de la Conducta del FBI.

Este trabajo no pretende profundizar en la figura del asesino en serie, ya hay muchos libros que abordan ese tema. Lo que sí hace Jaine Rámila es proporcionarnos una serie de claves para comprender la figura del psicópata y para distinguirlo de otras que se le parecen. Para explicarnos cómo actúan, por qué lo hacen y qué los motiva.

La exposición es clara y precisa, acompañada de una serie de cuadros que facilitan mucho la comprensión. No abusa de la vertiente morbosa del asunto ni se limita a enumerar a los psicópatas más famosos. La aparición de algunos de ellos le sirven para ilustrar las hipótesis que plantea o como ejemplos de las cuestiones que surgen. El resultado es una obra bien documentada, muy amena y sumamente interesante.
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miércoles, 17 de marzo de 2010

Ed Gein. Cuando la realidad supera la ficción

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Apuntes - por Pilar Alonso


Las películas Psicosis, La matanza de Texas o El silencio de los corderos están parcialmente basadas en un personaje real: Edward Theodore Gein (1906-1984), cuyos crímenes conmocionaron a medio mundo. Y no porque fueran muchos, sólo se le reconocen dos asesinatos, sino por lo que fue encontrado en su casa.

Pongámonos en situación. Un pueblecito de Wisconsin, Plainfield, una granja apartada y una familia extraña. El padre, borracho y maltratador, la madre fanática religiosa y dos hijos que sufren a diario las palizas de uno y los sermones de la otra. Tras las muertes del padre y el hermano fallece por fin en 1945 Augusta, la madre, con lo que Ed Gein se queda solo, venerando el recuerdo de su progenitora. Considerado por los habitantes del pueblo como alguien trabajador aunque un poco excéntrico, realizaba chapucillas por el pueblo y en ocasiones cuidaba a los niños de otros.

Su primera víctima fue Mary Hogan, la dueña de una taberna, y la segunda Bernice Worden, que regentaba la ferretería del pueblo y a la que abatió de un disparo. Antes de morir, Bernice Worden había apuntado en su libro de contabilidad la última venta que había realizado, precisamente a Ed Gein, su verdugo. Y la policía se presentó en su casa.

Ahí se inicia la parte más asombrosa y truculenta de esta historia, porque allí fue descubierto el cuerpo colgado, decapitado y destripado de su última víctima. Pero también otras muchas cosas, que fueron las que al final lo convirtieron en un monstruo para el público.

Y esa percepción no tiene nada que ver con las ingentes cantidades de basura acumuladas en todos los rincones de la casa, sino en algunos de los muebles y utensilios que poseía Ed Gein. El hombre se había hecho pantallas de lámparas con piel humana, papeleras, fundas para cuchillos e incluso había tapizado una silla, tenía cráneos que utilizaba como cuencos para la sopa, un collar de labios humanos, un cinturón elaborado con pezones, máscaras que eran rostros auténticos y un chaleco con senos incluidos, hecho también de tiras de piel humana. Por la red circulan algunas fotografías bastante desagradables de muchos de estos hallazgos y existen dos películas sobre su vida.

Según su confesión, todos esos restos provenían de una serie de cadáveres (hasta nueve distintos) que había desenterrado en el cementerio local y llevado a su casa para curtir las pieles con las que confeccionar las prendas. Se desconoce por qué razón pasó de robar cuerpos a matar para conseguirlos.
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Al parecer estaba obsesionado con la idea del poder que las mujeres ejercían sobre los hombres y, ante la imposibilidad económica de hacerse una operación de cambio de sexo (estamos en los años cincuenta), Ed Gein optó por confeccionarse un traje de mujer a medida, hecho con los restos de mujeres que, curiosamente, se parecían físicamente a su madre.

El caso conmocionó a la opinión pública y Plainfield se vio invadida por curiosos y periodistas de toda índole. Sus posesiones fueron subastadas: el coche acabó en un circo para que todo el mundo pudiera pagar para ver su interior y la casa fue incendiada. Él fue declarado incompetente y recluido en un sanatorio mental hasta su muerte, en 1984.

Supongo que ahora comprenderán las influencias del personaje en las tres películas citadas en el inicio: la madre dominante en Psicosis, el escenario macabro en La matanza de Texas y el asesino Buffalo Bill en El silencio de los corderos. No me digan que, con personajes como Ed Gein, la realidad no supera en ocasiones a la ficción.
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