viernes, 21 de noviembre de 2008

El sendero de las lágrimas

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Apuntes - por Pilar Alonso

No te pares al lado de mi tumba y solloces.
No estoy ahí, no duermo.
Soy un millar de vientos que soplan y sostienen las alas de los pájaros
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No estoy ahí, no he muerto.

(Poema cherokee)
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Los cherokees pertenecían a la familia iroquesa y ocupaban tierras en el sureste de los Estados Unidos, en las dos Carolinas, Georgia, Alabama y Tennessee. Estaban divididos en siete clanes y eran propensos a la paz, preferían comerciar antes que usar las armas.

Durante la Guerra de Independencia (1776-1783), lucharon en el bando de los ingleses, pensando que de obtener la victoria, recuperarían las tierras que ya les habían arrebatado los colonos. Pero no fue así y, al finalizar la contienda, cada estado tuvo prerrogativas para ocuparse a su manera del tema indio. Con la firma de un tratado, perdieron grandes extensiones de terreno. Se quedaron así con un pedazo de tierra pequeño y sin apenas caza. La hambruna y las enfermedades no tardaron en cebarse con ellos.

Tratando de adaptarse, siempre adaptarse a los recién llegados, intentaron amoldarse a las costumbres políticas y comerciales de los colonos y formaron su propio gobierno a imitación del norteamericano. Pero aún había quien pensaba que poseían demasiadas tierras, que éstas debían permanecer a los colonos y que los cherokees jamás podrían pertenecer a la Unión, especialmente Andrew Jackson, que asumió la presidencia de los Estados Unidos en 1829.

Los cherokees trataron de llevar su caso a los tribunales, con escaso éxito. Y en 1838 llegó, finalmente, la orden de su expulsión.

Unos años atrás se había formado la “frontera india permanente”, que se extendía más allá del río Mississippí y que con el paso de los años se fue desplazando hasta desaparecer. Muchas tribus indias ya habían sido obligadas a abandonar sus tierras y ocupar el desconocido oeste, del que también más tarde serían expulsados.

El 26 de mayo de 1838 se ordenó que todos los cherokees debían abandonar la Montaña de Humo y marcharse a lo que más tarde sería Oklahoma.

Su población la componían varios millares de personas y primero se las reunió a todas en un mismo lugar, se las encerró en el interior de empalizadas y se programó su deportación en varias etapas. Pero el hallazgo de oro en los Apalaches precipitó su marcha, que comenzó en el otoño de 1838.

Miles de indios, con sus escasas pertenencias a la espalda, tuvieron que abandonar sus tierras. John Burnett, uno de los soldados que formó parte de la dotación que acompañó a los cherokees, dejó constancia de aquel viaje. Suyas son estas palabras: “Nadie podría olvidar la tristeza y la solemnidad de aquella mañana. El Jefe cherokee John Ross elevó una plegaria y cuando sonó la corneta y la caravana se puso en marcha, muchos niños se giraron y dijeron adiós con la mano a sus montañas, sabiendo que las abandonaban para siempre”.

Bajo el mando del general Winfield Scott, a punta de bayoneta, sin mantas, y en muchos casos sin zapatos, recorrieron los más de 1.500 kms que los separaban de su destino. El gobierno había suministrado menos de 700 carros para todos, la mayoría tuvo que hacer el camino a pie.

Durante el trayecto tuvieron que dormir en el suelo, sin poder encender una fogata, mal abrigados para el invierno, con una dieta pobre y desconocida, cansados, asustados, tristes y, en ocasiones, maltratados por algunos soldados.

Cuando finalizó el viaje, el 26 de marzo de 1839, uno de cada cuatro cherokees había muerto durante el camino, de frío, hambre o enfermedad. Más de 4.000 tumbas jalonaban el recorrido hasta Oklahoma.

Los supervivientes lo bautizaron como “el sendero de las lágrimas”.
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3 comentarios:

Anónimo dijo...

Una vez más vemos la mano del hombre blanco (colono) manchada de sangre y sin piedad hacia un pueblo, en éste caso el cheroqui. Un pueblo nativo americano donde la libertad les fue despojada de una manera vil y desgarradora (muy parecida a los afroamericanos) pues las injusticias de la vida son a menudo eso: sombras de nuestra existencia y no en vano ésta es una clara muestra de ella. A "los que viven en las montañas", a todos ellos desde aqui un grito de alabanza y un futuro de esperanza.


"Hermanos: Nuestros asientos fueron anchos y los vuestros estrechos. Ahora vosotros os habéis convertido en un gran pueblo y nosotros apenas tenemos sitio para extender nuestras mantas. Os habéis apoderado de nuestra tierra, pero no estáis satisfechos...".

Chaqueta Roja, de la nación Seneca, en 1.805

Ratón Atreides

josephb macgregor dijo...

Te aconsejo - si no la has visto - una peli de John Ford que habla de algo parecido a lo que cuentas, pero con los cheyennes... se llama "El gran combate".
Ya me contarás.

besos!
josephb

Pilar Alonso Márquez dijo...

Gracias, Joseph. Tomo nota!!!

Besos